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La Pasión

Manos de Belén

Ahí va, con la mochila en los hombros y la mirada profunda, con el talento en el bolsillo de la sorpresa y los ojos en el futuro. Está buscando, siempre buscando dentro de sí mismo y del aire que respira. Antonio pinta libre porque es un hombre libre, un artista sin la apretura de los […]

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Ahí va, con la mochila en los hombros y la mirada profunda, con el talento en el bolsillo de la sorpresa y los ojos en el futuro. Está buscando, siempre buscando dentro de sí mismo y del aire que respira. Antonio pinta libre porque es un hombre libre, un artista sin la apretura de los grilletes de una sociedad que busca la fotografía en la pintura, la exactitud matemática y los corsés en la perfección cartesiana del parecido indiscutible. Antonio no transita por el camino de la copia porque sólo conduce por el carril de la originalidad sin importarle las señales que advierten de sentido contrario. Ahí va, con el andar seguro de quien se sabe artista, restaurador, creador, hacedor de emociones que son siempre sinceras, rotundas, ciertas.

La calle Sagasta parece ensanchar sus metros cuando Antonio se acerca, como si ella temiera que el artista un día decida abrirle las entrañas y hurgar en el alma de las paredes. Yo creo que el entorno siente dentro de sí cuando está pasando un artista. Antonio descubre, adorna, plasma, crea, cambia, construye y provoca la zozobra, la alegría, esa sensación de estar viviendo una versión distinta de la misma vida, una cara diferente. Él no pare arte convencional, aunque sabe cómo hacerlo. Le da luz a los sueños.

Un día debió destrozar la paleta de la vanidad y, hecha añicos, la lanzó a la hoguera del olvido. Apostó por sí mismo, por su verdad, por un mensaje tan amplio como unitario. Lo que importa es el arte, y el arte ha de ser lo que importe. Así es que todo debe ser genuino, puro, tuyo, mío, nuestro, pero real, cierto, propio y despojado de una epidermis que no te pertenece. Da igual que aparezca la controversia, pero nunca debe existir espacio para la copia, para la capa -a veces casposa- de una heterodoxia que a menudo no hace más que beber una y otra vez el mismo agua, aunque no sea potable.

Díaz Arnido es una fuente de óleo fresco, un banco en mitad del carril, una caja de sorpresas y un millón de sorpresas metidas en una caja. Su pecho.

Hoy he vuelto a cruzarme con él. Lleva la mochila en los hombros y la sonrisa puesta, un abrazo que regalarme y una cabeza privilegiada para el arte sobre los hombros del talento. Quiere ser él. Lo necesita. No le cuesta subirse al andamio si eso le acerca a los brazos del mensaje que tiene que restaurar.

Le huelen las manos a portal de Belén y a pastores con ovejas. Y camina como lo hacen los Reyes cuando se acercan para poner las rodillas delante del Salvador. Yo voy a clavar aquí las mías. Por admiración, por respeto. Porque veo en sus creaciones esas luces distintas que brillan con intensidad en mis ojos, que se ensanchan como la calle Sagasta cuando está pasando el artista.

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