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La Pasión

Dios de los repelucos

Llevaba la corbata negra y el brillo en los ojos, el alma en el disparador y el foco en el alma. La máquina del corazón estaba cargada y tenía dentro una tarjeta de miles de gigas por cada beso que Mariló le había regalado en estos años. Tenía colgada del cuello la cámara del tiempo […]

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Llevaba la corbata negra y el brillo en los ojos, el alma en el disparador y el foco en el alma. La máquina del corazón estaba cargada y tenía dentro una tarjeta de miles de gigas por cada beso que Mariló le había regalado en estos años. Tenía colgada del cuello la cámara del tiempo y en sus manos descansaba el enfoque de los pasos silenciosos del Señor por la ciudad más hermosa del mundo. Llevaba en la chaqueta la tapadera del objetivo de sus días y se asomaba por el visor como miran los nazarenos del Gran Poder, observando el silencio y viviendo la caída lenta de las lágrimas de Sevilla.

En el abrazo me clavó la daga de la nostalgia y me repitió que la fe de su corazón estaba amarrada al cielo azul inmaculado de nuestra tierra. Tenía mi amigo la fe inyectada en el pecho, la seguridad de un mundo mejor para el amor de su vida, la paz en sus andares, la sonrisa a medias con la tarde, el espíritu en orden y el papel abierto del regalo de la fe. Sabía que ella estaba en ese preciso momento en presencia del Padre, el mismo que dicta cada hora del alba la lección más grande del universo.

Le cogí por los hombros y le pregunté sin hablar. Leyó mis ojos y asentó con la cabeza. Sí. Estoy bien. Yo creo en Dios. La tarde se asomaba al dedo índice de los planes del cielo, que a veces dispara cuando tú no quieres una foto. Pero el maestro de todas las instantáneas es así.

Llevaba la corbata negra y el brillos en los ojos, la hombría metida en un puño y la escalerita sobre el hombro para colocarla en la esquina del dolor y retratar el llanto interior de un cuerpo que, firme para mostrar fortaleza, no se hundía bajo el peso de las trabajaderas del cáncer. No lloró por fuera, para que todos sus amigos no sufrieran. Se comió los carretes del alma y no reveló en papel lágrima alguna. En sus ojos, justo en el obturador de la retina, quedaba negro sobre blanco un velo de paz, de amor de Dios, de Plaza de San Lorenzo, de Arco grande que se queda chico cuando pasa Ella, de besos de amor por el Aljarafe, de paseos por Sevilla, de risas por la calle Harinas, de albero de ruedos de toros, de jornadas de intenso trabajo, de fotografías y versos, de pinturas al óleo, de sueños y deseos, de amores infinitos.

Mi amigo me ha escrito con sus ojos una página del catecismo, me ha cogido por los hombros y me ha dicho que no puede reñirle a Dios. Que el Señor no tiene la culpa. Javi Jiménez me ha retratado con el objetivo que alcanza todas las distancias porque lo ha sacado del maletín de la fe. Y ha pulsado el disparador. Para retratarme, para recordarme las verdades del barquero, para enseñarme el camino que dicta el Evangelio. Llevas razón, amigo. Mariló ya está en presencia de nuestro Dios de los repelucos viendo la túnica morada que provoca ese brillo inconfundible de tus ojos.

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