La Pasión

La batuta del amor

Galopa con la misma sonrisa sobre el lomo de un buen caballo cruzado que pisando la tarima elevada del escenario cuando ha llegado la hora de coger las riendas y dirigir a un selecto grupo de músicos capaces de todo. Su talento descansa sobre el horizonte del esfuerzo, se ha ganado con sudor lo que […]

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Galopa con la misma sonrisa sobre el lomo de un buen caballo cruzado que pisando la tarima elevada del escenario cuando ha llegado la hora de coger las riendas y dirigir a un selecto grupo de músicos capaces de todo. Su talento descansa sobre el horizonte del esfuerzo, se ha ganado con sudor lo que soñó de niño y sigue siendo un niño que sueña y suda cada euro que gana. Le apasiona la música tanto como la doma clásica, reconoce de lejos un buen oboe y un potro con futuro, quiere con el alma las cosas que quiere y repudia con firmeza las cosas que repudia. Siempre va de frente, con un hombro más bajo que el otro por el peso de un maletín que siempre viaja preñado de proyectos, de estudios y de esperanza. Sus dedos se enamoraron de batutas y riendas, lleva siempre la espalda recta y la cara alta y puede presumir de andar por la vida como lo hacen las grandes personas.

La vida, ajena al talento de un caballero capaz que aloja en el tórax un corazón generoso, le puso un día en el atril de la zozobra la partitura más compleja jamás compuesta por la providencia. Había que estudiar el pentagrama de la incertidumbre, las corcheas del miedo y unas extrañas figuras que se salían de los límites de cualquier tono vital. Aquella armonía de dagas afiladas que chocaban sus hojas tenía los papeles empapados de dudas. Mi amigo no conocía la música del lamento más cruel. Los instrumentos del alba estaban desafinados. La vida no sonaba bien.

Abrió entonces su maletín, el de los proyectos y la esperanza, y se fue directo a una batuta muy especial. La de las grandes ocasiones. Yo la llamo «batuta del amor». Y se aferró a ella con sus manos limpias y el alma en vilo, sus hijos en la mente y el corazón latiendo con fuerza por la mujer que ama. Se puso entonces a dirigir.

Pasaban los actos, las partituras, los episodios. Hubo algún descanso. El director seguía dirigiendo la orquesta del temor latente con sus mejores galas, defendiendo con uñas y dientes cada compás. Hasta que llegó aquella llamada, aquel respiro, la pausa para tomar aire antes de atacar la siguiente pieza.

«Venid corriendo. Dios está afinando al destino y el órgano está dispuesto». No tenía teclas aquel órgano, pero sería -como la música- un piano dulce sobre el que posar las yemas de la felicidad. Mi amigo sonreía, le agradecía a sus músicos cada nota, cada silencio y cada mirada. Y pudo devolver al maletín de los proyectos y la esperanza su batuta del amor.

Mi amigo sólo tiene  en el mundo un motivo que amar con más fuerza que a la música, con más pasión que a sus caballos, con más locura que el amanecer de un nuevo día. Se llama Conchi.

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