La Pasión

Una visita a Dios

Sigue solo, con el tiempo detenido en sus manos y los siglos abrazados a la cruz de las estaciones de todos los años, los que pasaron y los que vendrán. Sigue callado, con la seguridad de que habla la fe y la certeza de que son sus ojos el nítido altavoz de las cosas importantes. […]

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Sigue solo, con el tiempo detenido en sus manos y los siglos abrazados a la cruz de las estaciones de todos los años, los que pasaron y los que vendrán. Sigue callado, con la seguridad de que habla la fe y la certeza de que son sus ojos el nítido altavoz de las cosas importantes. Sigue vivo, porque en Él laten todas las verdades de los cielos y de la tierra.

Es temprano. Un tímido haz de luz atraviesa la vidriera y besa la piedra de una columna gigante y gruesa como la fe de nuestro pueblo. Las luces que Dios elige para despertar al mundo acuden primero a la Catedral de la ciudad más hermosa del mundo. Sucede todas las mañanas. Acaban de abrir la puerta de San Miguel y el Señor de la Corona, solo, callado y vivo, aguarda un día más esa visita silenciosa, esa petición llamada a calmar el dolor y la inquietud.

El Señor de la Corona de Sevilla está -sin hacer ruido- siempre despierto, humilde, tuyo, nuestro, abrazado y sostenido, firme y humilde. Eterno como el mar, perenne como el espacio infinito que Él creó, constante y fiel como las olas cuando van a morir (o a vivir) a la orilla.

Dicen que es pequeño, pero su anatomía moral es enorme, infinita. El nazareno de la Corona es un catecismo en forma de imagen de Jesús con la cruz, o de la cruz con Jesús, dentro de un abrazo eterno.

Suena el eco de alguna pisada cerca del trascoro y, entre paneles y exposiciones, un devoto se acerca tímidamente al altar de la Virgen de los Remedios. Son poco más de las ocho de la mañana y el caballero parece dispuesto a poner todas las intenciones de este día en manos de Dios. En la mirada puede notarse que necesita la luz de Cristo porque alguna cruz está debe estar llevando sobre los hombros de su destino. Ha venido a ver al Padre. Al Señor de la Corona, el nazareno de la humildad permanente que, una vez más, parece querer pasar desapercibido. El Cristo de la Corona únicamente hacer ruido espiritual.

Cuando sale de la Catedral parece sonreir. El caballero camina con otra seguridad, como ampliando la zancada para saltar el charco de la incertidumbre. Ha dejado dentro del templo la mochila de los temores. Ya respira mejor. Sus inquietudes descansan ahora en los pliegues de la túnica tallada del Cristo milagroso de la Corona.

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